Solemos pensar que la enfermedad mental surge de un problema individual, pero muchas veces el síntoma habla por el grupo: expresa lo que otros callan o no pueden asumir.
Es común que la enfermedad y la salud mental se conciban como un problema individual, existen varias razones para ello. Una es la noción de que la enfermedad mental de alguna u otra forma está relacionada a un problema biológico o químico en el cuerpo del paciente. Sin embargo, también existe un componente social y grupal en el malestar psicológico.
Incluso se podría afirmar que la enfermedad mental es un problema grupal y que las personas que enferman responden a los contextos y espacios de los cuales forman parte. Ellos expresan, a través de la enfermedad, un conflicto no resuelto del cual se hacen cargo (la mayoría de las veces de forma inconsciente) para no desatar un caos mayor en el núcleo de sus grupos importantes.
Desde esta perspectiva, el autor Pichon-Riviére destaca que son los pacientes que enferman los eslabones fuertes de sus grupos y no los débiles, como usualmente se los concibe, ya que son ellos los depositarios de las ansiedades más fuertes de su núcleo familiar. Desde esta mirada, la enfermedad mental ayudaría a preservar la “normalidad” del grupo a costa de que uno de sus miembros reciba las ansiedades grupales, lo que llevaría a que el sujeto sea segregado y marginado bajo la idea de que “es él el enfermo”, cuando en verdad es el grupo el que alberga un conflicto sin resolver.
Bajo esta noción el enfermo sería el portavoz de una serie de problemáticas grupales que nacen a partir de mantener ciertos temas como tabúes o secretos familiares que nunca se han puesto en palabras y que quedan prohibidos ante cualquier intento de cambio.
Perspectiva grupal y enfermedad
Esta dinámica de segregación y exclusión es usualmente conocida y reiterada en cualquier tipo de grupo o institución que no se encarga de plantear el malestar que subyace en las dinámicas de las personas. La vía más fácil y económica es designar a alguien que presenta malestar psicológico, que parezca “raro” o que se perturbe en diversas situaciones, como la persona enferma, introduciendo un estigma y marginándola como quien tuviera un problema que no tiene nada que ver con sus pares y sus interacciones.
Lo anterior ha llevado a autores, como R.D. Laing, a plantear que es necesario cambiar la perspectiva psiquiátrica de la enfermedad, es decir, reemplazar el modelo médico con el cuál se mira la salud mental por un modelo social, que tome en cuenta que los diagnósticos de los problemas de pacientes son a su vez investigaciones continúas y dinámicas en tanto que las situaciones grupales y familiares son siempre cambiantes.

Además, desde esta mirada la enfermedad la padece un grupo y no un paciente. Es el grupo y sus dinámicas el que tiene que elaborar los problemas y ansiedades en su seno para así aliviar a las personas que forman parte de él. Foladori, a este respecto, afirma que un grupo es más que la suma de sus partes, funcionando como un ente en sí mismo, con sus leyes y sus dinámicas propias, independiente de quienes integren el grupo, lo que releva el punto de las intervenciones terapéuticas grupales.
¿Cómo funciona una intervención grupal?
Laing menciona que existe una “familia” en el interior de cada miembro de la familia, es decir, que cada integrante del grupo familiar internaliza los vínculos familiares que se comparten en conjunto para cohesionar el grupo. Por ello, una de las acciones terapéuticas más importantes en los grupos es transformar el grupo interno que el paciente mantiene como una realidad en su mente, es decir, las relaciones, sentimientos, formas de ser, etc.
Esto genera cambios en la realidad efectiva del grupo, mejorando las dinámicas grupales al hacer corresponder el grupo interno del paciente con lo que el grupo es en la realidad, algo que Pichon-Riviére menciona como una adaptación activa a la realidad, es decir, que el cambio del paciente a través del trabajo terapéutico cambiará también su realidad grupal.
Para llevar a cabo el trabajo anterior, una de las variables más importantes a trabajar es la comunicación grupal. Muchas veces los problemas de salud mental están relacionados a problemas y fallas en la comunicación, en particular por los llamados “secretos familiares”, realidades que todos conocen, que todos ven, pero de las cuales nadie habla por diversas razones.

Esto lleva a que las personas que componen un grupo tengan limitaciones para conversar sobre el malestar que sienten, no pudiendo transformar las dinámicas, teniendo que adaptarse de manera pasiva a un funcionamiento patológico del grupo. Por lo general, esto termina por estancar al grupo a una situación que les hace mal a todos, pero ante la cual aparece la impotencia o la sensación de que “las cosas son como son”, generando hábitos y costumbres dañinas para el grupo en su totalidad.
La obstaculización de la comunicación grupal impide desarticular las conductas estereotipadas que se han utilizado para intentar resolver los conflictos, lo cual obstruye el proceso de aprendizaje y creación que ayuda en la mejoría de los pacientes y de la salud mental general del grupo.
Hablar de lo que duele en colectivo no es fácil, pero es necesario para transformar las dinámicas que nos hacen mal. En artículos anteriores abordamos cómo la terapia grupal puede ser un espacio potente para ese trabajo, y por qué la confianza entre quienes participan es un factor clave para que el cambio sea posible.