El trastorno límite de la personalidad puede influir en la regulación emocional, las relaciones, la identidad y la conducta. Comprender sus características permite alejarse de los estereotipos y reconocer la importancia del acompañamiento profesional.
Cuando hablamos de salud mental en contextos universitarios, solemos identificar principalmente la depresión y la ansiedad debido a su alta prevalencia. Un estudio difundido por la Universidad de Chile en 2023 señala que sus síntomas podrían estar presentes hasta en un 50 % de sus estudiantes.
Sin embargo, existen otros diagnósticos más frecuentes de lo que comúnmente se piensa, como los trastornos de personalidad. Aunque las cifras varían según el lugar, los diagnósticos considerados y los métodos de pesquisa, una revisión sistemática global publicada en 2020 estima que entre un 5 % y un 8 % de la población general podría presentar un trastorno de personalidad.
Cuando hablamos de personalidad, es importante entender que las personas tienen una serie de rasgos, es decir, formas de pensar, actuar y comportarse que perduran en el tiempo. La presencia de determinados rasgos no implica por sí sola la existencia de un trastorno de personalidad. Existen personas más extrovertidas, introvertidas, impulsivas o perfeccionistas, entre otras características, sin que necesariamente estemos hablando de un trastorno.
¿Qué entendemos por un trastorno de personalidad?
El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5-TR) describe el trastorno de personalidad como un “patrón perdurable de experiencia interna y comportamiento que se desvía notablemente de las expectativas de la cultura del individuo”.
Lo importante es considerar no solo un rasgo aislado, sino el conjunto del funcionamiento de la personalidad. Este funcionamiento puede generar dificultades en la vida de la persona, en quienes la rodean y en distintas áreas, como malestar clínico o deterioro en los ámbitos social y laboral.
De acuerdo con el psicólogo Vicente Caballo, cuando las distintas formas de funcionamiento de una persona generan un malestar significativo o afectan de manera persistente sus situaciones cotidianas, podrían constituir un trastorno de personalidad. Una persona puede presentar ciertos rasgos de manera evidentemente elevada sin que necesariamente cumpla con los criterios para un trastorno, debido a que no existe un deterioro persistente y significativo en su funcionamiento vital.
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¿Cómo se clasifican los trastornos de personalidad?
El DSM-5-TR ha dividido tradicionalmente los trastornos de personalidad en tres grupos, conocidos como clusters. Esta clasificación permite conocer, de manera general, las distintas formas en que estos trastornos pueden expresarse y manifestarse.
Eesta clasificación no determina el comportamiento de cada individuo. Aunque existen patrones que se repiten, estos pueden expresarse de manera diferente en cada persona.
- Cluster A: se caracteriza por maneras inusuales o excéntricas de relacionarse con otras personas e interpretar las distintas experiencias. Puede incluir aspectos como la falta de confianza y cercanía con terceras personas.
- Cluster B: reúne aspectos relacionados con lo emocional y errático, con una mayor presencia de impulsividad, inestabilidad emocional y dificultades en las relaciones interpersonales.
- Cluster C: agrupa los trastornos considerados ansiosos o temerosos, entre ellos los trastornos evitativo, dependiente y obsesivo-compulsivo.
Dentro del cluster B se encuentra el trastorno límite de la personalidad o TLP.
¿En qué consiste el trastorno límite de la personalidad?
El DSM-5-TR describe una serie de características diagnósticas que permiten comprender en qué consiste el TLP. Entre ellas se encuentran los esfuerzos constantes por evitar el abandono, las relaciones interpersonales inestables, la impulsividad y la inestabilidad afectiva.
Visto de otro modo, el TLP puede relacionarse con patrones de deterioro en distintas áreas del funcionamiento humano:
- Las emociones: pueden experimentarse de manera muy intensa o cambiante, junto con una gran dificultad para regularlas. También pueden aparecer ira constante, angustia y sensación de vacío real o imaginado.
- El ámbito relacional: las relaciones pueden vivirse de manera intensa, el abandono de otras personas puede sentirse como insostenible y pueden presentarse distintas reacciones ante los cambios en las conductas de terceros.
- La identidad: la imagen que la persona tiene de sí misma puede variar constantemente, al igual que sus metas, valores y proyectos a futuro.
- La conducta: pueden presentarse altos niveles de impulsividad, conductas de riesgo e incluso autolesiones o conductas suicidas en algunos casos.
En términos experienciales, las emociones pueden vivirse con una intensidad muy elevada y, por lo mismo, resultar muy difíciles de abordar. No se trata simplemente de tener cambios constantes de ánimo: determinadas situaciones pueden generar emociones muy fuertes que requieren un gran esfuerzo para ser procesadas.
Como se mencionó anteriormente, las relaciones interpersonales suelen representar un desafío para las personas con TLP y también para quienes las rodean. Aunque el TLP se expresa de maneras muy diversas según cada persona, es común que las experiencias con personas cercanas se vivan de forma intensa y caótica, con tendencias a conflictos constantes que ponen en tensión la continuidad de las relaciones de amistad, amorosas y familiares.
Al mismo tiempo, puede existir una búsqueda intensa de afecto, acompañada por un temor constante al abandono y la soledad. Esto permite comprender uno de los aspectos esenciales o más recurrentes del TLP: la percepción interpersonal polarizada.
Como explica Caballo, pueden aparecer pensamientos dicotómicos en las relaciones interpersonales, desde los cuales una persona o situación se percibe como “muy buena” o “muy mala”. No es frecuente reconocer puntos intermedios y, por lo mismo, puede resultar difícil alcanzar una forma asertiva de comunicarse y relacionarse.
Respecto de la identidad, el psicólogo Carl Rogers plantea el concepto de congruencia para referirse a una persona que puede integrar la experiencia que vive con la imagen que tiene de sí misma. Esto le permite avanzar hacia un proceso constante de crecimiento y maduración. Por otra parte, cuando una persona vive en conflicto constante con la percepción que tiene de sí misma, con lo que quiere y con aquello hacia lo que se proyecta, aparece la incongruencia.
Desde esta perspectiva, podemos comprender por qué una relación estable con la propia experiencia y la propia identidad puede ser relevante. También nos permite aproximarnos a la experiencia identitaria que puede presentarse en el TLP: las personas pueden carecer de un sentido estable de quiénes son y vivir de manera inestable sus proyecciones a largo plazo.

¿Cómo se aborda el TLP?
Según la Asociación Americana de Psicología (APA), la psicoterapia es uno de los pilares fundamentales para tratar el TLP. En lo posible, se recomienda que exista un proceso continuo y sostenido en el tiempo, más que una intervención breve de apoyo.
Si bien la psicoterapia no permite erradicar directamente un trastorno de personalidad, puede ayudar a que la persona comprenda mejor los patrones que generan dificultades en su vida cotidiana. También puede contribuir a apaciguar algunos aspectos con el tiempo y permitirle abordar el día a día de una manera más óptima.
El abordaje psiquiátrico y el tratamiento farmacológico constituyen un complemento recomendado, especialmente cuando existen síntomas específicos o crisis que requieren atención desde esta área. Pueden contribuir a disminuir o estabilizar determinadas formas en las que se manifiesta el malestar.
De todas maneras, es importante destacar que la evidencia señala que el tratamiento farmacológico cumple un papel complementario a la psicoterapia, más que constituir una solución directa.
El tratamiento psicoterapéutico y psiquiátrico puede requerir tiempo, continuidad, disposición y, en ocasiones, abordar experiencias incómodas. Sin embargo, tener un TLP no significa necesariamente que una persona esté condenada a vivir durante toda su vida con las mismas condiciones y dificultades.
Con un tratamiento apropiado es posible disminuir los síntomas, apaciguar ciertos patrones y desarrollar nuevas herramientas y conocimientos para enfrentar situaciones sociales, académicas y cotidianas.
Para una o un estudiante, este diagnóstico no determina su capacidad para estudiar, relacionarse con sus pares o construir un proyecto de vida. Lo importante es confiar en la posibilidad de trabajar ciertos aspectos con ayuda profesional.





